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Cinco años de trayecto

08 julio 2011

Cuando me monté en aquel autobús tenía miedo. Miedo de lo que me esperaba en mi destino. El viaje en autobús se acabó, así que me bajé y tuve que seguir en metro mi trayecto, que no acababa ahí. Todavía me quedaban… Pfff. 45 minutos. Pero bueno, soy previsora e iba con tiempo. Escuché música, leí, miré a la nada, repasé el plano de metro un par de veces, conté las estaciones que me faltaban… Y después de 40 minutos y un transbordo, llegué a mi destino: la universidad.

Mi primer día de universidad. Nerviosa, miré en mi agenda a qué clase tenía que ir. La 104. Primera planta, ahora a la izquierda, o no, tal vez a la derecha. Ah sí, aquí es. A pesar de que llegaba con tiempo, casi toda la clase estaba llena: sin exagerar, casi 200 asientos ocupados. ¡Sí que íbamos a ser periodistas!, pensé.

Mientras tomaba asiento al lado de un amigo que venía a la misma clase que yo, veía a gente con la que había coincidido en el metro. A unos les reconocía por su carpeta, a otros por su ropa, a otras por su extravagante pelo.

Llegó la primera clase, y con un don adivinatorio escalofriante, la profesora vaticinó que al día siguiente se vaciaría la clase y no habría problemas de espacio, que en un mes seríamos poco más de la mitad. Y con una precisión increíble, acertó. Así pasó nuestro primer día en la Facultad de Periodismo, entre discursos derrotistas de lo mal que estaba la profesión y otros algo más optimistas.

Repetí el viaje, esta vez en orden inverso, y al día siguiente decidí probar otra ruta. Otra ruta, por cierto, más acertada. Bus, tren y metro, una combinación que parecía más liosa pero que no lo era. Y además, pude compartir esos 40 minutos de viaje con gente estupenda. ¿Qué hay mejor que viajar en buena compañía? :)

Ese viaje se ha repetido muuuuchas veces a lo largo de los cinco años que ha durado la carrera. Y hoy, que ya he acabado y que ayer mismo me licencié, sé que, en el fondo, echaré de menos ese trayecto y sobre todo a la gente que me acompañaba.

Por esta vez me vais a permitir que me ponga un poco sentimental y “personal”, e incluya una foto mía en el post, pero ha sido un día muy importante en mi vida y quería compartirlo, un poco camuflado de viaje, pero es que ha sido una gran experiencia.

¡¡¡¡Enhorabuena a todos mis amigos y compañeros licenciados!!!!



Como curiosidad, ya que nunca me dejo ver, yo soy la segunda, empezando por la izquierda :P

Próxima parada: Atocha

15 junio 2011




Vas en el tren de Cercanías. Un trayecto de poco más de treinta minutos a la hora de comer se hace eterno. Para colmo, se te ha olvidado el libro en casa y el mp3 se ha quedado sin batería. Pones toda tu esperanza en encontrar un diario gratuito en el tren, que te sirva para entretenerte en ese rato.

Pero la buena suerte no está contigo hoy, y cuando subes y revisas todo el vagón sin encontrar ningún periódico, te sientas en uno de los asientos de cuatro, esos que están distribuidos de forma enfrentada de dos en dos, lo que a menudo provoca miradas incómodas entre los desconocidos que se sientan ahí e incluso roces de rodillas con ellos.

Cuando te invade el sueño de la hora de la siesta y apoyas la cabeza en la ventanilla para echar una cabezadita, no puedes. Un par de hombres armados con una flauta, un micro y un altavoz chafan tu pequeño descanso. Sin embargo, la canción te resulta agradable, les das unas monedas cuando acaban y te pasas el resto del viaje tarareándola mentalmente. Na, na, naaa…

Por fin, a un par de asientos de ti, una señora deja libre un periódico. Te levantas a por él, sin darte cuenta de que otra persona ya se está abalanzando para cogerlo, y cuando te fijas ya es demasiado tarde y te lo ha quitado.

Vuelves a tu sitio, resignada. La señora de enfrente se ha dormido. La observas y piensas, ¿de dónde vendrá? ¿Cómo se llamará? Le pega llamarse Carmen. O tal vez Elena. Por la ropa que lleva quizás trabaja en una oficina… Repites la operación tres o cuatro veces más con varias personas de tu alrededor, hasta que oyes las palabras mágicas: próxima parada: Atocha.

Te levantas y te preparas en la puerta, dispuesta a poner fin a ese aburridísimo viaje en tren, y justo cuando estás a punto de bajar, alguien deja a tu lado ese periódico que buscabas. Lo coges, y algo más feliz de lo que subiste al tren, te bajas.